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Bitácora de Recuerdos - El hombre sin corazón

 

"El hombre sin corazón"


Jueves, 25 de diciembre de 2025

"Llevaban ya dos días en el recorrido. El camino amarillo se extendía ante sus ojos hasta el infinito, o por lo menos era lo que las viajeras sentían.

Dorothea y Sofía estaban agotadas. Jamás pensaron que la Ciudad Escarlata estuviera demasiado lejos. A la distancia pudieron ver una hermosa cabaña con un jardín frutal en el que podían descansar un poco. 

Dorothea se acercó a la puerta principal y tocó. Por unos segundos esperaron a que alguien acudiera al llamado, sin embargo, nada sucedió. Volvió a tocar. Silencio a su alrededor. Las chicas se miraron confundidas. 

Entonces Sofía estuvo a punto de desvanecerse por el cansancio y el hambre. Dorothea corrió hasta ella y la sujetó con fuerza. Tenían qué hacer algo pronto. D volvió a mirar al cielo y pidiendo disculpas por lo que iba a hacer, con dificultad tomó a Sofi y entraron en la cabaña.

Al ingresar se dieron cuenta de la calidez que desprendía aquel lugar. Sobre la mesa estaba la comida puesta, y un agradable calor emanaba de la chimenea prendida. Dorothea llevó hasta una de las sillas del comedor a la niña, y aunque ambas trataron de contenerse, la necesidad de alimento las arrastró a comer de esa exquisita comida. 

Después de satisfacer su estómago, un fuerte cansancio las tumbó, y junto a la chimenea se quedaron profundamente dormidas. 

A las horas, Dorothea comenzó a escuchar ruido a lo lejos. Obligó a su mente a despertar y cuando logró hacerlo, vio ante sus ojos a un gran hombre frente a ella. Su primera impresión fue salir corriendo. No era necesario de que aquel hombre dijera algo, su postura y su rostro decían todo. Se notaba que estaba completamente enojado, y no era para menos, unas completas extrañas habían entrado a su hogar, se habían comido sus alimentos y se habían quedado a dormir en sus aposentos. 

D como pudo trató de explicarle la situación a aquel hombre, sin embargo, ese monumental señor no se inmutó e inmediatamente le ordenó que se fueran. Dorothea volteó a ver a Sofía, quien seguía plácidamente dormida. Comprendía perfectamente que la pequeña no podría seguir el camino si no descansaba. Así que rogó nuevamente al dueño de la cabaña les diera posada por lo que restaba de la noche. Prometió que en cuanto saliera el sol, las dos saldrían rápidamente para ya no causarle problemas, y que tratarían de alguna manera de pagarle los alimentos que habían consumido. 

A pesar de todas las suplicas, el hombre no cedió y le exigió que salieran de ahí inmediatamente. Dorothea no sabía qué hacer, no podía despertar a Sofía, incluso confesó que ni ella misma tenía las suficientes fuerzas para continuar con su trayecto, y menos en la profunda oscuridad de la noche.

Con un rostro de desprecio y decepción, D le gritó al hombre que no tenía corazón si estaba dispuesto a sacar a la calle a una niña pequeña a la mitad de la noche.

Entonces todo cambió. El hombre fortachón dejó sus facciones de persona mala, y sus ojos se volvieron tristes. Suspiró hondo para contener las lágrimas y se dio la media vuelta. Dorothea no sabía cómo reaccionar. Entendía que lo que le acababa de decir a aquel hombre lo había herido.

Cuando lo vio salir por la puerta principal sin decir ni una palabra, la chica se sintió mal. Ahora ella era la que se sentía la persona más mala del mundo. Dudó por unos minutos, pero luego salió en búsqueda del dueño de la cabaña. Lo encontró sentado en el pórtico, con las manos en el rostro llorando en silencio.

Dorothea lentamente se sentó a su lado. Puso su mano en uno de los hombros del hombre y se disculpó por lo que le había dicho. El señor levantó su rostro y la miró. Cuando pudo quitarse el nudo en la garganta que lo comprimía, le respondió a D que todo era culpa de él, porque de hecho lo que le había dicho era cierto, él no tenía corazón.

La mujer se sorprendió por esta revelación, y le explicó que aquellas palabras las había pronunciado sin querer, en un momento de ira y desolación, pero eso no significaba que fueran verdad. Fue entonces cuando él le contó su trágica historia de vida. Su nombre era Tadeo, y toda su vida había sido un hombre solitario, incluso hasta gruñón. No había podido congeniar con la gente porque todos salían corriendo al verlo, como si acabaran de ver a un ogro.

Desde entonces vivía solo, alejado de la gente. Confesó que por las noches no podía dormir, pensando en que algo le hacía falta en su vida. Sintiendo un gran vacío en su interior. Dorothea lo comprendió porque ella se sentía de la misma manera. Así que la chica le relató su vida y el motivo por el que estaba haciendo ese viaje en compañía de Sofía. 

Luego de varios minutos en silencio, el hombre volteó a verla con cara de ilusión. Le pidió a D lo dejara acompañarlas. Se dio cuenta de que él también necesitaba algo. Necesitaba un corazón y así no volvería a sentirse solo. 

Dorothea no estaba segura si era adecuado aceptar su proposición. No obstante, no podía negárselo, porque sabía lo que él sentía, y lo único que podía hacer para ayudarlo es dejar que los tres fueran hacia el mago de Ciudad Escarlata esperando que le concediera su gran deseo. Que le otorgara un corazón. 

Así fue como los dos con un apretón de manos pactaron que en cuanto saliera el sol, retomarían el recorrido por el camino amarillo."

N. 

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